Aunque para muchos el advenimiento de los servicios de streaming sea para contenidos audiovisuales como para textuales o de audio implica una suerte de democratización del arte y el espectáculo, el negocio que se mueve detrás de ellos sigue teniendo ganadores y perdedores. Y, como parece ser la norma, los perdedores son siempre los artistas. Los compositores suecos enviaron una carta abierta denunciando que las regalías que obtienen por su trabajo de parte del servicio de streaming Spotify está por debajo de lo que la firma regularmente paga.
Es decir, sólo ven el 3% de lo que deberían percibir dado que el resto se lo quedan las grandes empresas discográficas. Por cierto, piden a Spotify un mejor trato.
El problema es también el núcleo de la acción legal que se está llevando adelante en Estados Unidos entre Pandora y la multinacional BMI por contenidos musicales. Pandora comenzó siendo uno de los primeros servicios de streaming on demand musicales en 2005. Hasta entonces, la única manera de acceder a la música digital era bajándola a la PC y reproduciéndola desde ahí.
Con el crecimiento del ancho de banda y la mayor efectividad de las tecnologías de compresión de datos, el streaming la reproducción continua de contenido a medida que éste va siendo accesado por una computadora, sin necesidad de que se descargue completamente en el dispositivo y sin ocupar demasiada memoria encontró un camino. Lo que hoy reclama BMI a Pandora es un mejor trato respecto del porcentaje que recibe de lo que produce por publicidad. Pandora, de hecho, obtiene ganancias no de los contenidos que sirve sino de los espacios de publicidad que vende. En 2009, sus ingresos fueron de poco más de u$s19 millones al año, mientras que en 2013 fueron de u$s637,9 millones.
BMI recibía hasta hoy un porcentaje del 1,75% de los ingresos por publicidad y lo que busca es que esos ingresos pasen al 2,5 por ciento. La demanda se basa en que Pandora realizó tratos directos con gigantes como Sony que implicaban porcentajes superiores. También se acusa al servicio de prácticas hostiles, como “bajar” contenido de una discográfica para obligarla a aceptar las condiciones económicas que propone la radio en stream.
El problema de todas maneras es mucho mayor para los artistas que para las empresas, dado que éstas siempre obtienen ganancias. Los artistas ven que, de su porcentaje en el negocio, gran parte se queda a modo de peaje en la discográfica. De allí que, mientras en EE.UU. es una empresa la que busca un mejor trato con otra, en Suecia cuyos artistas depende en general de multinacionales como BMG, Sony o Warner piden un trato más equitativo y amenazan con quitar su material de redes como Spotify.
Lo que estas dos controversias demuestran es cuál es la verdadera tensión alrededor de la revolución digital. Las empresas de contenidos, especialmente las grandes multinacionales, aún piensan en un negocio viejo donde actúan como intermediarios; mientras que los artistas hoy pueden independizarse y establecer tratos unilaterales con las empresas que distribuyen su material.
En el negocio audiovisual, esta crisis se palía transformando a los distribuidores en productores de contenidos, pero en la música este tipo de cambio es casi imposible. Mientras, artistas como Taylor Swift quitan obras de Spotify y aún siguen ganando. La transición es ruda.
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