Parece mentira, pero si hace 25 años alguien hubiera hablado de la posibilidad de contener toda la música del mundo en un «Movicom» habría sido considerado un extraterrestre. No existía ni la más remota posibilidad de que algo así ocurriera. Mientras LA NACION inauguraba su primera versión web en una limitadísima internet, en 1995, los Rolling Stones llegaban por primera vez a la Argentina con su Voodoo Lounge Tour, para juntar 300.000 personas en cinco estadios de River. Era la primera banda que lograba semejante proeza y fueron recibidos por el entonces presidente Carlos Menem. Así dieron por inaugurada una etapa dorada de la música en vivo en el país con los Ratones Paranoicos de teloneros: «Un River fue nuestro», dijo triunfal Juanse tiempo después. La tribu «rolinga» ya tenía a sus héroes máximos locales y los recitales internacionales y nacionales se volvieron masivos.

Ya no eran un acontecimiento para melómanos sino un evento de estadios con todo el cotillón del fútbol. Al mismo tiempo, en 1995, paralelamente a la masividad, comenzó a consolidarse lo que ahora se llama «indie» y que antes se denominaba «rock alternativo». Canales exclusivamente musicales como MTV y Much Music no se apagaban nunca en las casas donde vivían adolescentes y allí los chicos descubrían nuevos grupos. Ese año, Pulp editaba, Different Class con el hit «Common People» y, Oasis, sacaba su segundo disco, Whats the Story, Morning Glory?, para ganarle la pulseada a sus competidores de Blur. Influidos por esa corriente «alternativa», Soda Stereo se sube a los rankings latinoamericanos en 1995 con Sueño Stereo, un disco que los ubica en la vereda emocionalmente opuesta al rock más barrial y futbolero, mientras que los Redonditos de Ricota inician su tour de force por el interior del país con punto de partida en la ciudad de San Carlos, Santa Fe. Nacen así las famosas «misas ricoteras». En las radios comerciales no paraba de sonar Shakira que editaba el disco Pies descalzos con el que conquistó sin problema al público argentino. También Luis Miguel era un peregrino de esas emisoras y, ese año, llena nada menos que dos estadios de Vélez con El Concierto, un show que luego salió editado como disco.

Por aquellos viejos tiempos, apenas 25 años atrás, cabe añadir, el público compraba CDs. Los discos de vinilo habían pasado a un segundo plano, al punto de transformarse en una rareza botánica. ¿Cómo era eso? La gente concurría a una disquería (nada de comprar por internet) para sumergirse en las bateas y elegir una cajita cuadrada de 12 por 12 centímetros con un disco plateado adentro que contenía la música (a lo sumo se grababan cassettes como antigua forma de piratería). Ese disco se reproducía en compacteras y la música no podía copiarse o compartirse entre personas. El walkman y los aparatosos discman eran la manera primitiva de escuchar música de manera portátil. Visto desde esta perspectiva, el acceso a la música requería de cierta voluntad personal. Así era la vida preinternet: uno no se topaba con sus inquietudes culturales sino que había que ir a buscarlas.

La llegada de la música electrónica

A partir de la segunda mitad de la década del noventa, los cambios se aceleraron por una autopista sin regreso. El 27 de diciembre de 1997, se hace una fiesta organizada en el parque Sarmiento por la productora Bioma a la que asisten 5000 personas. Empezaba a hablarse de la cultura rave y la electrónica llegaba a la Argentina con siete años de demora. La antorcha de la música bailable que había llevado bien alto la FM Z 95 se pasaba a la radio Energy y, mientras que el formato de lugares como la disco El Cielo desaparecían, surgían espacios como Oval, Ozono, El Observatorio y El Panteón.

También emergieron grupos como Audio Perú, Trineo y Frecuencia Infinita que eran editados por el sello independiente Oíd Mortales. Ezequiel Deró estaba al mando de esa marca con su nombre de batalla: DJ Deró. Llegó a editar quince discos anuales, y por aquellos años se hablaba de él como el argentino que había tocado en la apertura del Love Parade de Berlín, la fiesta dance callejera que existía ya hacía diez años en Alemania y que en 1998 arrastró a las calles a un millón de personas. «Desfiles de excéntricos de fin de siglo, maratones de baile, torneos de disc jockeys que tocan música tecno, son reflejo de un cambio polémico. Mucho individualismo, algo de droga y paz y amor, pero no como las de los hippies, sino con el siguiente sentido: déjenme vivir mi vida; no se metan conmigo», graficaba una nota de 1998 del diario LA NACION sobre la nueva corriente de la música electrónica. Hacía tres años que el disco Exit Planet Dust, de Chemical Brothers intentaba sonar por fuera del circuito más cerrado y empezó a lograrlo gracias al impulso masivo de películas como Trainspotting (1996) que marcaban claramente el cambio de época.

En 1998 se había producido otro alumbramiento crítico: nacía Google. El buscador desplazó instantáneamente a sus competidores larvados y provocó una revolución. El algoritmo para encontrar ítems en la red de redes funcionaba mejor que ninguno y la indexación de contenidos aumentó exponencialmente. El acceso a internet todavía era una cuestión no portable, pero la música ahora se había transformado en un archivo descargable y compartible en un nuevo formato: el MP3. La burbuja de las»punto.com llegaba a su zenit y el contexto social en la Argentina se enrarecía con una convertibilidad económica de 1 a 1 cada vez más agotada. El rock había entrado en una etapa tribal.

Banderas, bengalas y arengas más altas desde el público que el volumen del escenario; músicos mimetizados con sus fans, la cultura del aguante, descargas de frustración a mansalva y un gran negocio alrededor componían el cuadro contracultural argentino. Grupos como Los Piojos (que editan Azul), La Bersuit Vergarabat (con Libertinaje), Viejas Locas (que realizan su primer Obras), entre otros, coparon el centro de la escena roquera mientras que otras propuestas como los Babasónicos, con una visión contracultural más entrópica y estética, seguían evolucionando en una escala menor y adoptando recursos de la electrónica. Babasónicos saca el disco Miami en 1999 y desde el título apunta a un segmento no representado en el rock barrial y que se veía más reflejado con una bohemia porteña evocada por el artista plástico Sergio De Loof con reductos como Ave Porco, El Dorado, Nave Jungla y El Podestá. A su vez, Manu Chao, un músico franco-español con mensaje antiglobalización, ascendía en las radios con su álbum Clandestino que, a nivel local, fue una bomba ética-combativa.

La era digital

De a poco, los noventa empezaban a disiparse. La producción de música, en los estudios de grabación ya era totalmente digital, habían desaparecido las grabadoras de cinta abierta, y las canciones navegaban privadamente por la Web. Los vinilos quedaron relegados a los mercados de pulgas y el CD pugnaba como formato físico único en un contexto donde los MP3 crecían a pesar de la mala publicidad sobre su calidad de sonido. La evolución digital era imparable. Y la música no era ajena.

Con el nuevo siglo se inicia la era de la acumulación de música en los discos rígidos de las PC y nacen los primeros reproductores portátiles de MP3. Algunos gurúes ya imaginaban por aquellos años, un servicio por el cual uno pudiera elegir y escuchar la música que quisiera para reproducirla en el momento. Ese «coso» no tenía nombre aún. Los que sí tenían nombre eran Napster y Soulseek, servidores definidos como peer-to-peer (P2P) para compartir y descargar música en forma gratuita. De repente toda la música podía obtenerse sin pagar. Pero, como la estela de los noventa seguía cubriendo los ojos de buena parte del mercado, nadie advirtió lo que significaban esas denominaciones de nerds. Cuando las ventas de CDs empezaron a caer, no obstante, se encendieron las luces de alarma en la industria, mientras que por el lado de los usuarios se dibujaron sonrisas de satisfacción. Hasta que la banda Metallica interpuso una demanda contra Napster. Para la banda, ese hecho, terminó transfigurándose en un trago amargo, pues sus fans descubrieron que ya no era su compañía discográfica a la que le interesaba ganar dinero, sino a ellos. Esa trama judicial se erigió como el fin de la inocencia digital.

El vértigo tecnológico de los primeros diez años del siglo XXI resultó alucinante. Bjork fue la artista a nivel global que mejor interpretaba desde sus formas de producción, shows y piezas musicales la nueva era. Vespertine (2001), Medúlla (2004) y Volta (2007) fueron una seguidilla de discos traspasados por la tecnología y la virtualidad estética. A todo esto, el reproductor de audio digital portátil, iPod, presentado por primera vez el 23 de octubre de 2001 por Steve Jobs se transformaba en el accesorio indispensable para escuchar música en movimiento. Apple, empezó a comercializar sólo las canciones en su Apple Music Store.

El sitio MySpace, lanzado en 2003, germinó como la primera red social musical. Una especie de Facebook (que llegaría recién en 2007) donde las bandas podían compartir su música y perfiles. Hasta ese momento los sistemas de difusión musical exigían el formato físico como hecho artístico oficial. La banda Arctic Monkeys fue la primera en llamar la atención en MySpace antes que en formato físico. Allí colgaron las primeras versiones de «I Bet You Look Good en Dancefloor» y las revistas especializadas empezaron a hablar de ellos. Lo cierto es que «I Bet You.», ya como simple del sello independiente Domino, entró directamente al «número uno» el 23 de octubre de 2005, y generó las condiciones para que meses después, en enero de 2006, Whatever People Say Say I Am, el primer disco de Arctic Monkeys, se convirtiera en el debut británico de mayor venta de todos los tiempos, sólo superado años más tarde por Leona Lewis y Susan Boyle. Fue el primer éxito florecido en la tierra de las redes, sin pasar primero por el abono de los formatos físicos.

En la Argentina, el incendio del boliche República de Cromagnon, durante un recital del grupo Callejeros, el 30 de diciembre de 2004, cerró trágicamente, con 194 chicos muertos, la etapa tribal y futbolera del rock. No daba para más. La contracultura musical local entró en un periodo oscuro y sin rumbo. El indie, en cambio, con grupos como El Mató a un Policia Motorizado asomaba la cabeza como una opción menos estereotipada y asociada a los nuevos tiempos virtuales que se vivían.

Toda la música del mundo

La popularización de los smartphones a partir de 2013 volvió a cambiar todo. La portabilidad musical se convertiría en un hito tan grande como la aparición del primer walkman a principios de los ochentas (o más). Las industrias culturales habían descubierto que era más fácil luchar contra la piratería ofreciendo algo mejor a los usuarios y nacieron las plataformas de streaming: Netflix (para series y películas) y Spotify, Apple Music, Deezer y Bandcamp para la música. Tardaron unos cuantos años en instalar el modelo de suscripción, pero finalmente se impusieron a fuerza de adaptabilidad tecnológica.

Con la ambición de «contener toda la música del mundo» el servicio de música por streaming Spotify termina erigiéndose como el más masivo gracias a un algoritmo que permitía a los usuarios descubrir y navegar dentro de sus intereses casi hasta el infinito. Además, el sistema de normalización que aplica Spotify a la música que suben los artistas permitió que una banda chica pudiera sonar casi igual que un artista internacional. A todo esto surgió la posibilidad de armar y compartir playlist. Las canciones tomaron más relevancia que un álbum completo. A la vez, la industria musical encontró en Spotify la manera de negociar derrames de liquidez con los artistas de acuerdo al número de reproducciones. En 2014 Beyoncé rompe todos los récords al vender 828.773 copias de su disco de manera solo digital. Los rankings de música empiezan a definirse según los más escuchado en las plataformas de streaming. Y las nuevas generaciones, nacidas al calor del streaming, descubren música como nunca: desde playlist con postpunk ruso hasta bandas y artistas, como Patti Smith, entre otros que tuvieron sus picos de popularidad antes de que existiera internet. La revalorización de Luis Alberto Spinetta, postergado en los 90, es un caso paradigmático del fenómeno.

En el plano local, ese mismo año fue importante. Se realizó en Buenos Aires el primer festival Lollapalooza, un formato que el músico Perry Farrell (Jane´s Addiction) había creado en 1991. Ese espíritu social, más que netamente musical del festival terminó instalándose. El público empezó a sacar las entradas antes de conocer siquiera quiénes tocaban. La fiebre visual de las redes sociales potenciaron la idea de festival-experiencia en todo el mundo. En estos últimos cinco años, ese efecto no hizo más que crecer en expresiones como Glastonbury (que nació en 1970), Coachella y cientos de pequeños festivales de música, gastronomía y moda. Como en los 60 y los 70, la música volvió a su mística de disfrute colectivo replicado en millones de fotos en las redes sociales con el viejo lema «yo estuve ahí». La gran incógnita, hoy, es cómo regresará ese espíritu luego de la pandemia.

Los géneros musicales más escuchados también cambiaron con la tecnología. Las formas de producción más baratas y accesibles (grabación digital y disponibilidad de plugins instrumentales en una computadora) alentaron a estilos relegados. En 2015, después de casi 50 años de reinado del rock y el pop, el hip hop en todas sus variantes (rap, trap, reggaetón, etcétera) termina imponiéndose como el género más escuchado a nivel global. De Drake a Kendrick Lamar; de Kanye West a Chance The Rapper; de J. Balvin a Bad Bunny; de Duky a Wos.. la rima y la crónica en cualquier idioma acapararon la narrativa musical de los últimos años. En ese océano de ritmos y melodías digitales, el idioma español seduce los charts anglosajones por primera vez en la historia. Fenómenos como la canción «Despacito» y, artistas como Ozuna, J Balvin y Bad Bunny fueron, en este orden, los artistas más escuchados en YouTube durante 2018. «El inglés ya no es la lengua franca del mundo del pop», sentenció Jon Caramanica, crítico musical del diario norteamericano The New York Times.

Mientras todo esto ocurría, un viejo soporte musical resurgía de las sombras. El esquema de consumo de música no sólo se limitó a lo digital. Al parecer, todavía faltaba algo: un objeto, una obra tangible y coleccionable. Así, los discos de vinilo iniciaron su carrera de regreso desde la primera década del siglo hasta generar el año pasado más ventas que los CDs. Algo que no ocurría desde los ochenta. La ecuación es sencilla: escuchar en streaming, coleccionar en vinilos y lucir la remera de tu banda favorita. Nunca antes en la historia de la humanidad tanta gente escuchó música al mismo tiempo.

Cruces de generaciones, nuevos estilos, reinterpretación de símbolos y construcción de nuevas constelaciones sintetizan estos 25 años de fiesta interminable.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar

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